Cualquiera
que haya seguido mi obra en estos últimos diez años se
preguntará el por qué de mi obsesión con la tierra,
con lo espiritual con lo mágico, con lo religioso.
Esta obsesión es nada más ni nada menos que mi propia
vida
La tierra de donde nos alimentamos, la tierra sobre la cual pisamos
mientras vivimos, la tierra donde nos entierran una vez que dejamos
de respirar, la tierra primer punto de contacto de todas las civilizaciones
primigenias.
Sin importar el punto geográfico en este mundo, ya sea de los
diferentes grupos étnicos indígenas desde Alaska a Tierra
del Fuego enterrados en sus montículos de tierra con sus perros
y objetos personales, o cualquiera de las tribus de origen Bantù,
como los Yorubas en África, o ya sean los Aborígenes de
Oceanía y los Tibetanos con su forma tan particular de entender
la vida y la muerte.
He ahí el Culto de los Muertos, punto de unión de todas
las culturas primitivas, he ahí esa fascinación personal
por lo primigenio, de ahí la unión entre mi trabajo artístico
y mí vida espiritual y religiosa.
He
ahí mi vida misma.
Javier D’Ambrosio . Ode Talu Koberukeru |